
Es para mí una gran satisfacción haber recibido de mi amigo el alcalde de Ciudad Rodrigo la invitación para pronunciar el pregón de Carnaval en esta bellísima ciudad salmantina, la vieja Miróbriga, durante siglos fronteriza y, por ello, cosmopolita y mestiza, cargada de tradiciones y vestigios de sus ricos ancestros.
Noble por los cuatro costados, Ciudad Rodrigo es, en su historia y su ser, un compendio ejemplar de la secular andadura castellana y leonesa. Sus costumbres y ritos poseen sin duda la densidad y el aroma del vino añejo, ese que durante estos días tanto se consume en la famosísima calle El Toro o Colada arriba y Colada abajo.
Pronunciar este pregón, después de que lo hayan hecho tantas gentes ilustres, es un honor inmerecido que me ha llenado de orgullo y que he aceptado sin dudar por el afecto que siento hacia Ciudad Rodrigo y sus ciudadanos. No es la primera vez que visito esta hermosísima ciudad, a la que me declaro rendido con tanta admiración como devoción, pero hoy me siento particularmente emocionado por las muestras de afecto que he recibido desde que he llegado. Los lazos que me unen a los mirobrigenses son ya estrechísimos e indelebles.
Y ahora quisiera públicamente saludar a las autoridades que han tenido la cortesía de acompañarnos hoy, en este pregón que es la mecha que enciende la pólvora de las fiestas. Este Carnaval es, ante todo, el desahogo pacífico de un pueblo trabajador y honrado que vive en paz y en libertad y que, una vez al año, se permite esta gran concesión a la fiesta colectiva. Días de gran desgaste físico casi a ritmo de Champions League que necesitan por supuesto de una ligera dieta mediterránea: Huevos con farinato, patatas meneadas, los calamares del Sanatorio y, por supuesto, las perronillas con aguardiente. Todo un menú digno de comedores de primera división.
Vaya también mi saludo afectuoso a la reina del Carnaval, Vanesa Muriel, y a sus damas de honor, que son embajadoras del encanto admirable de esta tierra: Marta, Lorena, Alba y Araceli. Sea como sea, me siento muy feliz de estar esta noche junto a ellas y junto a todos ustedes.
Ciudad Rodrigo y sus Tres Columnas simbolizan la historia de una ciudad: Antigua, Noble y Leal. Y precisamente esos son rasgos que caracterizan también al Real Madrid. Un equipo con historia legendaria, un equipo noble que respeta al adversario y un equipo que tiene claro que debe ser leal a los suyos y a sus principios: La búsqueda de la belleza en el fútbol, el esfuerzo y el trabajo.
En estos tiempos de intensas transformaciones y de cambios profundos en que las modas surgen y desaparecen con gran rapidez resulta admirable asistir a unas fiestas populares como éstas, que hunden sus raíces en el pasado más remoto, donde se unen ancestrales ritos paganos con tradiciones religiosas y que tienen fijadas reglas y normas precisas nada menos que desde el siglo XV, cuando los Reyes Católicos se ocuparon de ellas.
Las costumbres sólo perviven cuando están sólidamente arraigadas en el subconsciente colectivo, cuando ya forman parte de él y se han desprovisto de toda superficialidad. El Fútbol y el Real Madrid son para muchos de nosotros una autentica pasión al igual que para este pueblo de Ciudad Rodrigo lo son también sus Carnavales. Sé muy bien que aquí estos días se viven con la misma intensidad y emoción que una final de Copa de Europa.
Muchos, a lo largo de este tiempo, pensaron que el Carnaval era una fiesta destinada a morir y sin embargo se ha ido fortaleciendo con el paso de los años. Nadie ni nada ha podido con él. Al Carnaval lo sostiene y lo refuerza la alegría y las emociones de la gente al igual que a los grandes Clubes de Fútbol. Pase lo que pase, a los equipos los sostienen sobre todo sus aficionados y sus seguidores. Aquellos que saben disfrutar de los buenos momentos y que además saben soportar las dificultades. El Real Madrid es grande porque así lo han hecho sus seguidores y aquí tenéis claros ejemplos de la intensidad con que se vive su trayectoria: Santos el del Raymons, la gente del Yoanna, el Ruso, y como no Javi el del Barrigana, ellos son mirobrigenses capaces de convertir a la Fuente del Árbol Gordo en la Cibeles de Ciudad Rodrigo a la hora de celebrar los triunfos del Real Madrid.
El carnaval es algo más que contrapunto a la Cuaresma. El carnaval tiene mucho de sobrenatural y mágico como lo tiene el fútbol capaz de emocionar en tan solo un segundo a millones de personas en cualquier parte del planeta. El Fútbol como los Carnavales son una expresión, un lenguaje que podemos encontrar en todo el mundo y capaz de traspasar todas las fronteras y las barreras. El Fútbol y las fiestas de Carnaval deben unir y deben reforzar los lazos de solidaridad entre todos.
Desde tiempos remotos, los hombres y sus comunidades han necesitado, de vez en vez, romper su propio espejo, dar rienda suelta a sus complejos, ambigüedades y tendencias reprimidas por la sociedad… En cierta manera, el Carnaval era, y aún sigue siendo, una terapia que nos cura del agotador ejercicio de ser perpetuamente quienes somos. Y nos permite adoptar por un tiempo breve y efímero la encarnadura de quien no pudimos ser, o de quien hubiéramos querido haber sido. De algún modo, el Carnaval fue el psicoanálisis rudimentario de las muchedumbres. El Fútbol también ofrece ese lado terapéutico porque, por ejemplo, hace que los adultos sueñen como niños y que los niños sueñen con jugadas y goles imposibles. Zidane, Raúl, Ronaldo, Figo, Beckham, Casillas, Roberto Carlos, son capaces de provocar las mismas ilusiones en grandes y pequeños.
El Carnaval es también libertad, el carnaval es igualdad y por supuesto fraternidad en la fiesta y en la alegría. Pero además el carnaval de Ciudad Rodrigo añade el componente del valor. Una fiesta donde el hombre del campo charro mira cara a cara al toro bravo. Hay que mirar de frente los retos y los desafíos. Nosotros como equipo tenemos el desafío de seguir siendo el mejor Club de la historia y vosotros como ciudad la de seguir manteniendo como hasta ahora los mejores carnavales de España.
El propio antropólogo y escritor Julio Caro Baroja reconocía que los Carnavales del Toro por excelencia son estos sin duda alguna.
Creo de verdad que no hay lugar donde mejor se conjuguen las corridas de toros y las capeas, los encierros y los desencierros, el toro del aguardiente o el encierro a caballo. Y todo bajo el sonido de la campana gorda. Y es que no hay, en realidad, gran distancia intelectual entre el desahogo carnavalesco y el espectáculo taurino, que son, antes que cualquier otra cosa, dos formas distintas de divertirse. De la misma manera que ambos, en lo que tienen de evasión psicológica enlazan con la idea del deporte. Divertirse como decía Ortega y Gasset es “apartarse provisionalmente de lo que solíamos ser, en definitiva evadirnos un momento de nuestro mundo a otros que no son el nuestro”.
El Carnaval y el Fútbol en eso comparten la misma misión. Con ellos uno deja a un lado las tensiones y los golpes que inevitablemente da la vida y con ellos uno recupera y acrecienta la ilusión.
Con ellos vivimos un mundo nuevo, recreado, ajeno al habitual, y con ellos vivimos grandes fantasías. En esta ciudad de murallas y cañoneras, centenares de chavales han sido felices y han soñado cuando jugaban con una pelota en los fosos o en el conocido como “Campo de las Muchachas”. Ellos querian ser Butragueño. Hoy quieren ser Zidane, Casillas, o Ronaldo. Alguno de esos chicos llegó incluso a pisar la tierra del campo de la ciudad, el Francisco Mateos, y rozó con los dedos la primera división. Porque si hace ya varias decenas y decenas de años los héroes de la zona tenían el nombre de Don Julián “Charro” y sus lanceros o del británico duque de Wellington, hoy en un mundo globalizado los ídolos son Raúl o Beckham.
Y quiero profundizar aún más en el terreno adonde quería, y en el que se deposita mi vocación y mi afición: el deporte, el fútbol, que es juego, diversión y sobre todo rito. De alguna manera como decía, el parangón entre el Carnaval, la tauromaquia y el deporte existe y no es forzado: los tres son rituales festivos que colman anhelos y demandas del inconsciente y cumplen el gran designio de la diversión.
Dejando al margen la gran liturgia de la corrida de toros, quizá sea el fútbol el espectáculo festivo más cargado de ritos y símbolos. Siguiendo dos espléndidos estudios sobre el tema, uno de Desmond Morris, “El deporte rey”, y otro de Vicente Verdú, “El fútbol, mitos, ritos y símbolos”, puede decirse que el fútbol es un acontecimiento simbólico, que, más que una pelea entre dos equipos, los sitúa como mutuo impedimento para la consecución de la muerte simbólica del otro. En la base del acontecimiento hay un público, que se identifica con el equipo, equipo que realiza en nombre de todos los presentes la gran liturgia del amor y de la muerte. En el corazón del espectáculo está su gran templo: el estadio, con el césped central. Es un recinto sacro en el que se celebra la liturgia: oficiantes y fieles se reparten sus respectivos papeles en la ceremonia. El campo está perfectamente señalado y acotado, pero abierto. Presiden las porterías, que son el símbolo de una casa. La portería es un objeto de veneración, es el «arco» y ocupa el centro, no porque tenga esa situación geométrica, sino porque en el centro se manifiesta el acontecimiento mayor. Es, pues, una puerta superior, dispuesta a ser ganada y a ser perdida. Ante ella se encuentra el punto fatídico y en el interior sólo reside el balón muerto. Pero también se saca de ella el balón glorificado. Cuando entra la pelota, el juego se detiene y necesita recuperar su centro. La portería es una especie de bautismo y es, asimismo, la meta, el fin, símbolo de la muerte, pero también de la vida; es un elemento para acometer y para defender. El Gol que puede encarnar la decepción o la felicidad mas absoluta.
El estadio es el templo y los jugadores son los oficiantes, que han de permanecer rodeados de un halo misterioso que los mantenga a cierta altura y lejanía, porque no son como el común de los fieles, y a ellos hay que acercarse de puntillas para no romper el misterio.
Entre la feligresía, unos son «espectadores», que asisten al espectáculo, y otros son forofos, que viven el fútbol como un verdadero acontecimiento litúrgico. El espectador consume el espectáculo-mercancía: es un cliente. Pero el forofo es un acólito, un monaguillo.
Todos sabemos cómo se desarrolla un partido de fútbol pero quizá no hayamos reflexionado sobre ello: En un primer momento aparecen en el campo los actores del gran ceremonial. Los equipos lucen sus signos de identificación: los colores, la ropa, los banderines, los himnos y una estética peculiar definen el estilo y el talante de cada agrupación futbolística.
En este ritual hay un maestro de ceremonias: el árbitro. No tanto porque dirige el rito sino porque simboliza la seriedad de la ceremonia. Usa un vestido oscuro, símbolo del tiempo, y no tiene número en la espalda, porque totaliza toda la reunión. Él certifica la muerte y la sanciona indiscutiblemente.
Frente a la figura temida del árbitro hay otra entrañable y contrapuesta: el masajista. Es como un hechicero que lleva el milagro en la botella. El jugador se cura al recibir las abluciones del masajista, que es símbolo del cariño y del cuidado maternal.
Hay muchos más actores en la ceremonia: el presidente, el entrenador, el ayudante, y muchos muchos periodistas.
En el centro de todo se sitúa el balón, que concentra la atención de todos los oficiantes y del público.. Es como el Sol. Antiguamente se establecía una relación entre el balón lanzado al aire y el culto al Sol. Al comienzo de cada juego se arrojaba la pelota hacia arriba para hacerla entrar en contacto con el Sol y, al caer, era disputada como un objeto sagrado. No me digan que, visto así, el fútbol no parece mucho más trascendente de lo que seguramente es en realidad. Pero quienes lo vivimos tan de cerca y asistimos a sus evoluciones con tanto ardor no tenemos duda de que hay en él algo mágico, de que en efecto toda esta liturgia encierra una indudable trascendencia. ¿Por qué, si no, levantaría tantas pasiones?
Todos necesitamos evadirnos para seguir siendo humanos. Yo he encontrado en el fútbol una de mis grandes pasiones y aficiones.
Ustedes, que también gozan sin duda con sus aficiones deportivas, se disponen además a vivir un año más la gran fiesta del Carnaval y a embarcarse en unos magníficos alardes taurinos. Yo les aconsejo que se diviertan, que si es preciso saquen fuerzas de flaqueza para gozar con ímpetu juvenil de esta ocasión magnífica de rejuvenecer, que hagan una concesión a la chanza, a la burla, al sainete, a la ironía, y hasta al riesgo y la fatiga. Se sentirán mejor, más humanos, más fraternalmente unidos a ese pueblo magnífico del que forman parte y que tan espléndidamente ha hecho de la alegría un arte, cargado de duende.
Como uno es uno mismo y su circunstancia, no podría despedirme de ustedes, queridos amigos, sin volver a saludar cariñosamente a las dos peñas del Real Madrid que, como en cada rincón de España, también aquí mantienen viva y belicosa la llama del madridismo militante. Vaya pues mi afecto a los miembros de la peña del bar “Barrigana” y a la del bar “Yoanna”. Que estén tranquilos que este año también vamos a ganar algún título. Nada me queda por decir. Tan sólo quiero reiterarles mi gran satisfacción por estar aquí, por haberme otorgado todos ustedes el honor de ser su huésped, por la amabilidad y la gentileza con que me han obsequiado, por la gran simpatía que ustedes derrochan con quien viene a admirar su hermosa ciudad.
Con la solemnidad que merece la ocasión, ¡declaro abiertas las Fiestas del Carnaval de Ciudad Rodrigo!
Comience aquí por tanto este encuentro festivo en el que no hay derrotas ni empates sino solo victorias.
¡Que viva el Carnaval!
¡Que viva para siempre Ciudad Rodrigo!
¡Felices fiestas a todos y a divertirse !
Florentino Pérez Rodríguez (Presidente Real Madrid)
Ciudad Rodrigo, 4 de febrero de 2005
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