Reproduzco una carta que me ha enviado una magnifica carnavalera y mejor amiga, que pronto os escribirá algo sobre su afición al carnaval. A ella le gustó mucho esta presentación. Espero que os guste
Yo no sé si será verdad aquello de que los gaditas nacen donde les da la gana, si acaso el jartible tiene denominación de origen o si sólo viene a caer donde dios le da a entender. No sé si el jartible nace o se hace, o lo mismo es que lo mamamos sin saberlo o que lo aprendemos sin querer. Y no lo sabía hasta que no pisé ese templo de ladrillo rojo que es el Falla y me empapé de los sones de Cái, el canto más liviano y más profundo de este pueblo que rompe en alegrías y tanguillos por encima de las miserias de su día a día. Pueblo que calla para reventar al tres por cuatro en febrero y rebelarse allá donde otros se ponen las máscaras. Porque Cádiz se desnuda en Carnaval, Cádiz se retrata en Carnaval, abre puertas, derriba caretas, engalana murallas y proclama libertades.
Resulta difícil escribir en una tierra donde el pueblo recita verdades como puños, el puño en alto, la voz peleona, la guerra en la sangre y en el estómago. Ocurre en el tiempo de Carnaval, como si las lunas de febrero alterasen el orden de las cosas y pariese gaditanos como poetas, rimando al tres por cuatro penas y chuflas, ironías y esperanzas.
Yo no me crié en esta orilla atlántica, ni desandé la infancia por el Mentidero. No encuentro el rastro de mi primer beso por la Alameda ni juré amores eternos en algún portal del barrio de los pintores. No conocí siendo niña a los hombres tarareando coplas en las tascas, con callos en los nudillos de derrochar talento sobre los tableros de las mesas y amasar noches de farra y faena. Tampoco me adoctriné en la escuela del Tío de la Tiza, ni crecí con el olor de la sal en la piel, los pies preñados de playa y verano, ni me tejieron nanas las cuartetas de los abuelos, las coplas de la memoria. Nunca estudié la métrica irreverente que en Cádiz llaman romancero, cuando dos y dos son cinco y la ciudad es rima de pie quebrado echando el otro pie por delante, como cargador sudando bajo su Nazareno. Y sé que no tengo más pedigrí carnavalero que un corazón que se me pone loco y se exprime y también se expande cuando se levanta el telón del Falla y aparece majestuoso un coro con su orquesta y su forillo, los papelillos por el aire; corazón que gasta tipo de fiesta cuando se disuelve por La Viña hasta que el día nos recuerda que es hora de recogernos y las calles se visten de humedad y de las primeras luces. Que es la noche la que nos revive por los tablaos y al pie de la iglesia de La Palma, donde las callejeras visten de bullanga al barrio más marinero, el rumor de La Caleta al fondo.
Vine al mundo en un puerto seco construido de sillares románicos, palomares y surcos que lame a su paso el Duero. En una tierra hermana, si hay un norte que también existe, un norte que no sabe de pactos, prebendas y nacionalismos. Un norte que casi vislumbro desde Cádiz si sigo ese cordón del oeste que nos une en la falta de oportunidades, en el que vivimos como indios y vaqueros; como moros y cristianos, si es en este oeste de España, de norte a sur, donde la balanza siempre está desequilibrada, donde nos vienen a dar todos los palos, donde se conjuran los olvidos, donde nos sostenemos sobre las piedras como la piedra misma.
Yo me vine a Cádiz sin conocer a nadie, sin doctrinas, desnuda de filias y fobias, sin apellidos y sin bandera, dejando atrás todo lo que quiero, todo lo que me ata. Y antes que La Caleta, la luz insultante de los días, las caricias de la arena en verano, las noches de plata sobre el mar y los barquitos faenando como estrellas sobre el agua, me enamoré de esta tierra por culpa del Carnaval. Sus sones son los que me cosieron a Cádiz en el alma, los que me hicieron mirar esta ciudad extraña como si yo le perteneciera y contemplarla con otros ojos, que son los ojos del amor herido y tan cierto, para redimirlo en esas voces rotas que duelen de bonito; que son los ojos de la alegría, para piropearla por los adentros, para florecerla en sonrisas.
Quizá por eso uno puede ser jartible y no morir en el intento, si se arriba a esta Bahía a escuchar desde el corazón, que no entiende de otros asuntos ni de otras guerras. Sólo desde el amor se puede escribir sobre los venenos que padece el terruño y sólo desde la valentía se puede escuchar el canto hondo de la tierra. Y a mí me gusta, Cádiz, escucharte en clave de comparsa y de chirigota, y me gusta aplaudir contigo por bulerías en el Falla y multiplicar los pasos por las callejuelas y los tablaos, y el estruendo del paraíso, y las estrecheces de las bateas. A mí, Cádiz, me gusta escucharte por pasodobles y tangos y recito como los mandamientos los cupleses y escribo tu nombre y brindo por la santa juerga. Y si nací jartible en tierras ajenas, en mi tierra zamorana, prefiero no saber, seguir contemplando el Carnaval con los ojos limpios de quien un día se enamoró de cada rincón de esta tierra cuando la escuchó cantar y desangrarse a la vez. Porque era como si esos sones chirigoteros, aquellos dolores de comparsa, estuvieran en algún lugar de mi memoria y simplemente los anduviera resucitando. Y es que lo mismo hace años, en mi ciudad medieval sin piedra ostionera, yo ya tarareaba tus melodías, adivinaba tus letras, sin saber siquiera que no me pertenecían, que eran herencia y patrimonio de un pueblo que llaman Tacita de plata; de plata y de ley.
Quizá por eso, un gadita no sé dónde nace, pero sé que hay, que existimos, los jartibles de tierra adentro, redactando latidos en compases ternarios cuando llega febrero y se aposenta al pie del agua el bendito Carnaval.
Ana Pedrero
Concertista — 12-09-2005 13:29:52
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